lunes, 26 de marzo de 2012

Feliz cumpleaños Richard Dawkins

Me encontré con esta traducción de un artículo que apareció el día de hoy en el New York Times, muy interesante, de una de las personas que admiro en este planeta. Sin más, disfrútenlo.






Paso de una llovizna suave al living de un decano de Oxford con grandes paredes cubiertas de libros y, en el extremo de la habitación, ventanas con vista a un jardín exuberante.

¿Este hombre, que sin duda es el biólogo evolutivo más influyente del mundo, pasa la mayor parte de su tiempo aquí o en el campo? Richard Dawkins sonríe. No se hizo famoso por pasar los días cubriéndose de polvo en busca de antiguos trilobites. Tampoco recorrió Africa registrando la vida sexual de los ñus. “Mi interés por la biología siempre se concentró en el plano filosófico”, dice, y enumera las preguntas esenciales que lo animan: “¿Por qué existimos, por qué estamos aquí, de qué se trata todo?”

De ninguna manera supone disminuir a Dawkins decir que ha obtenido sus mayores logros como pensador original, sintetizador y escritor. Sus conclusiones derivan de largas sesiones de lectura y reflexión. Tiene un estilo elegante e inclinación por la metáfora. También tiende a combatir la ortodoxia. En El gen egoísta, su libro fundamental de 1976, analizó la evolución a través de un nuevo cristal, el de un gen, e invirtió el punto de vista dominante de la evolución y la selección natural.

Con el gusto de un púgil intelectual por el golpe adecuado, rara vez soslaya el debate, en especial con otros biólogos evolutivos. Si bien es liberal en política, se ha opuesto a unos cuantos izquierdistas en sus escritos, en especial a los que leen su teoría de los genes como una aprobación de la conducta rapaz y egoísta.

En los últimos tiempos se ha dedicado a argumentar a favor del ateísmo con la escritura deEl espejismo de Dios, un best-séller internacional. Cuando el astrónomo británico Martin Rees aceptó hace poco un premio de la Fundación John Templeton, que impulsa un diálogo entre ciencia y religión, Dawkins fue implacable. Rees, escribió el biólogo, es un “títere genuflexo”, un traidor a la ciencia. Rees declinó contraatacar.

Dawkins suele negarse a hablar en San Francisco y Nueva York. En lo que a él respecta, esas ciudades son demasiado ateas. “Como conferenciante ateo, uno pierde el tiempo”, dice. Prefiere el cinturón bíblico, donde la controversia es fuerte.

Insiste en que siente miedo antes de cada conferencia. Resulta difícil de imaginar. Es gracioso sin ser complaciente. Cuando se le pide que analice una idea, lo hace con entusiasmo. Pero mantiene bien cerrada la puerta que conduce a su vida privada. (Tiene una hija que es médica. Está casado por tercera vez con la actriz Lalla Ward). 

Clinton Richard Dawkins nació en Kenia, donde su padre era un especialista en agricultura en el servicio colonial. Luego volvió a Inglaterra con sus padres y, a su debido tiempo, llegó a Oxford. “No tuve una carrera estelar”, dice. “No era nada especial, entre medio y por encima del promedio”.

Su majestad, el gen

Luego de egresar en 1962, estudió con Nikolaas Tinbergen, un científico ganador del Nobel, y enseñó en la Universidad de California, Berkeley. Volvió a Oxford en 1971. Reflexionaba sobre sociobiología, algo que unos años después cobró forma en El gen egoísta.

En ese momento, el punto de vista popular predominante sobre la evolución era que animales e insectos trabajaban juntos, si bien de forma inconsciente, y que la selección natural actuaba sobre los individuos en aras de la especie. La cooperación –inconsciente– parecía incorporada a la naturaleza.

Los genes, dice, tratan de aprovechar al máximo su oportunidad de sobrevivir. Los que tienen éxito se extienden a lo largo de las generaciones. Los que pierden, y sus anfitriones, desaparecen. Un gen de ayuda al grupo no podría persistir si pusiera en peligro la vida del individuo. Esas ideas estaban en el aire intelectual para mediados de los 60. Pero Dawkins dominó la fuerza de la metáfora –ese gen egoísta– y así logró que la idea cobrara vida. 

No todos compraron el argumento. Las implicaciones morales resultaban en extremo perturbadoras, dado que sugerían que el altruismo disimulaba una conducta egoísta que animaban los genes. “El libro fue un trauma psíquico para muchos lectores”, escribió Randolph Nesse, un profesor de  psiquiatría de la Universidad de Michigan. “Ponía de cabeza su mundo moral.”

Destacados científicos e intelectuales calificaron a Dawkins de heraldo de una cultura egoísta y los acusaron, a él y a los demás sociobiólogos, de preparar el terreno cultural para la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

El importante biólogo evolutivo Richard Lewontin, un hombre de izquierda, compuso un retrato que parecía salido de una novela de George Orwell. “Si el determinismo biológico es un arma en la lucha entre clases”, escribió junto con otros dos científicos, “entonces las universidades son fábricas de armas cuyos ingenieros y diseñadores son los docentes e investigadores.”

Para Dawkins, eso constituye una grave tergiversación de su ciencia y sus inclinaciones políticas, que son absolutamente liberales. Escribía sobre el comportamiento de los genes, no sobre estados emocionales. Como especie, nuestra gloria reside en que podemos superar los impulsos genéticos, dice, y admite que el título del libro “tal vez se prestaba a malentendidos”.

“No fue el individuo egoísta ni, por cierto, la especie egoísta”, señala. “El libro podría haberse llamado El individuo altruista’”.

La gran convicción intelectual de Dawkins es que la evolución es progresiva y tiende a llevar a una mayor complejidad. En su opinión, las especies suelen llegar a soluciones similares de los desafíos evolutivos: la necesidad de oídos, ojos, brazos o tentáculos en el caso de los pulpos, y con frecuencia, si bien no invariablemente, cerebros más grandes. Así, el tigre dientes de sable aparece como un gato en Europa y Asia y como marsupial en América del Sur. Especies diferentes adoptaron la misma solución carnívora. (Sin duda no considera, sin embargo, que la evolución progrese hacia nosotros, los seres humanos: si desapareciéramos, lo más probable sería que alguna otra especie llenara nuestro nicho evolutivo.)
“En la evolución hay infinitos progresos”, dice. “Cuando los ancestros del chita empezaron a perseguir a los ancestros de la gacela, ninguno de los dos podía correr tan rápido como hoy. “Lo que vemos es el producto evolutivo progresivo de una carrera armamentista.”

Entonces no sería una sorpresa que la vida interior de los animales resultara ser compleja. ¿Los perros, por ejemplo, tienen conciencia de sí? “Tiene que haber conciencia”, contesta Dawkins. “Se trata de una característica evolutiva de los cerebros. Es muy probable que la mayor parte de los mamíferos tenga conciencia, y también las aves.”

Su teoría de la evolución progresiva es polémica. Dawkins tuvo un solo gran rival en lo que respecta a escribir sobre biología evolutiva: el también famoso paleontólo Stephen Jay Gould que antes de morir en 2002 afirmaba que la evolución es contingente, que si bien una especie puede avanzar mucho, es igualmente probable que pueda llegar a un punto muerto, o hasta retroceder. Si un meteorito colisionara con la Tierra y destruyera toda la vida inteligente, sostenía, habría muy pocas posibilidades de que volviera a evolucionar vida inteligente y compleja. Como señala el escritor Scott Rosenberg, Gould consideraba que nuestra especie era “sólo un pequeño accidente que tuvo lugar en una rama lateral menor del árbol evolutivo.”
Los dos biólogos evolutivos tenían egos bien plantados. Sus batallas intelectuales eran espectaculares. 

En retrospectiva, Dawkins lamenta que él y Gould no se estimaran más. “Gould quería derrumbar la soberbia de que todo progresaba hacia nosotros, hacia los seres humanos, y yo aprobaba eso”, dice ahora, por más que se asegura de agregar: “Pero sin duda la evolución es progresiva.”

Alergia religiosa

¿Las preguntas de los teólogos –por qué estamos aquí, si hay algo mayor que nosotros, por qué morimos– no son centrales para el proyecto humano? Dawkins mueve la cabeza antes de que termine de formular la pregunta. Su impaciencia ante la religión es palpable, es algo que está vivo en su interior. La creencia en lo sobrenatural le resulta una ausencia de curiosidad, lo que tal vez sea el peor insulto que pueda imaginar.
“La religión nos enseña a conformarnos con no-respuestas”, dice. “Es una suerte de crimen contra la infancia.”

No quiere oír hablar de espiritualismo, como si esa fuera la única forma de meditar sobre la maravilla del universo. “Si se mira la Vía Láctea con los ojos de Carl Sagan, nos embarga el sentimiento de algo mayor que nosotros”, dice. “Y así es. Pero no es sobrenatural.”

El hecho de que Dawkins pueda afirmar su ateísmo y presentar opiniones polémicas sobre el islam y el cristianismo en varios documentales del horario central televisivo es un indicio de la cultura más decididamente secular de Gran Bretaña. En uno de esos documentales, entrevistó a mujeres jóvenes de una escuela musulmana que recibe subsidios del estado. “Una dijo que quería ser médica. Pero agregó que si hay una contradicción entre la ciencia y el Corán, entonces el Corán tiene razón”, señala. “Eran chicas encantadoras, pero tenían el cerebro lavado.”

Quienes lo critican se impacientan ante el ateísmo irreverente de Dawkins. Lo acusan de evitar los grandes debates teológicos que enriquecen la religión y la filosofía, y de así simplificar lo complejo. 

Para Dawkins, estudiar teología es como estudiar a las hadas. Tampoco está convencido de que el anglicano ecuménico, el imán moderado, el sacerdote católico con un sentido bien desarrollado de la ironía, sean los máximos representantes de la religión. “He mantenido conversaciones absolutamente maravillosas con obispos anglicanos, y sospecho que en un momento de franqueza podrían decir que no creen en la inmaculada concepción”, señala. “Pero por cada uno de ellos hay cuatro que le dirían a un niño que se va a pudrir en el infierno por dudar.”

Luego de dos horas de conversación, Dawkins habla de la posibilidad de que podamos evolucionar en conjunto con las computadoras, un destino de silicio. Le producen curiosidad los escritos conmovedores del físico teórico Freeman Dyson. En uno de ellos, Dyson se aventura millones de años en el futuro. Nuestra galaxia agoniza y los seres humanos se han convertido en algo así como descargas de energía moral e inteligente superpoderosa. ¿Esa descripción no suena muy parecida a Dios?

“Sin duda”, contesta Dawkins. “Es muy plausible que en el universo haya criaturas similares a Dios.”

Levanta la mano por si algún lector piensa que ha dado un vuelco religioso. “Es muy importante entender que esos dioses cobraron existencia por un progreso científico explicable de creciente evolución.” ¿Podrían ser inmortales? El profesor se encoge de hombros. “Probablemente no.” Sonríe y agrega: “Pero no quiero ser demasiado dogmático al respecto”.

© The New York Times. Traducción de Joaquin Ibarburu.

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