sábado, 26 de diciembre de 2020

Café para prevenir el deterioro cognitivo

 Los componentes bioactivos presentes en el café podrían atenuar la producción de un péptido implicado en el alzhéimer.




El consumo de café, sobre todo el cafeinado, reduce el riesgo de deterioro cognitivo en las personas mayores. A esta conclusión han llegado investigadores del CIBER de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición y del Instituto de Investigación Sanitaria Pere Virgili, según publica la revista European Journal of Nutrition.

Para el estudio, los científicos contaron con 6.427 voluntarios de más de 65 años y con sobrepeso de toda España dentro del estudio Predimed-Plus. Evaluaron la función cognitiva de todos ellos mediante una baterı́a de cuestionarios neuropsicológicos que exploran funciones cognitivas diversas, entre ellas, la memoria, la orientación, el registro, la concentración, la velocidad de procesamiento, la búsqueda visual y la atención. Según observaron, las personas que incluían el consumo de café en su dieta diaria tenían un menor riesgo de presentar deterioro cognitivo en comparación con las que no lo consumı́an. También constataron que esa función de protección se producía en los individuos consumidores de café con cafeı́na, no así en los que tomaban café descafeinado. En relación a la cantidad diaria, los que bebían dos o más tazas de café con cafeı́na (unos 100 ml) presentaban un menor riesgo de disfunción cognitiva que los que tomaban menos de una taza al día. En el caso del café descafeinado, no detectaron dicha relación.

La cafeína, componente clave

Basándose en otros estudios, los autores sugieren que la cafeína, al ser estructuralmente similar a la adenosina, un neurotransmisor con efectos inhibidores del sistema nervioso central, podría interactuar con la neurotransmisión en diferentes regiones del cerebro, y con ello, beneficiar funciones como la vigilancia, la atención, el estado de ánimo y la excitación.


Según explica en un comunicado de prensa Indira Paz, autora principal del estudio: «La asociación beneficiosa entre el consumo de café y el deterioro cognitivo podría ser el resultado de la interacción sinérgica entre los diferentes compuestos bioactivos presentes en el café. Por un lado, los compuestos fenólicos con propiedades antioxidantes podrían ayudar a disminuir el estrés oxidativo y la inflamación de las neuronas, que junto con otros componentes bioactivos presentes en el café podrían atenuar la producción de un péptido denominado amiloide beta, el cual según se sugiere, constituye un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad Alzheimer.»

De esta manera, el consumo de café podría prevenir el daño neuronal, la sinaptotoxicidad (es decir, evitar que la acumulación elevada de amiloide beta en las neuronas, lo que puede originar efectos tóxicos) y, con ello, constituir una herramienta para la prevención del deterioro cognitivo.

 Fuente: CIBEROBN

Referencia: «Association between coffee consumption and total dietary caffeine intake with cognitive functioning: cross-sectional assessment in an elderly Mediterranean population». I. Paz-Graniel et al. en European Journal of Nutrition, 2020.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Pensamiento crítico: más allá de la inteligencia

 La existencia de personas muy inteligentes que se creen afirmaciones sin fundamento demuestra que la inteligencia no previene contra la credulidad



EN SÍNTESIS

Las personas dotadas de un cociente de inteligencia elevado tienden a presentar un mayor pensamiento crítico, pero existen numerosas excepciones, entre ellas, incluso premios nóbel.

El pensamiento crítico depende de muchas capacidades cognitivas, algunas de las cuales no evalúan los tests de inteligencia. También influyen determinados rasgos de la personalidad.

Algunas de las estrategias que fomentan el pensamiento crítico pueden ejercitarse, como valorar la fiabilidad de la información. Ello favorece el éxito personal y profesional.

Roy Warren Spencer es un meteorólogo afiliado a la Universidad de Alabama. En 1991, la NASA le otorgó una medalla por su «trabajo científico excepcional». Este reconocimiento podría ser suficiente para pensar que se trata de una persona inteligente. Sin embargo, Spencer afirma que la comunidad de climatólogos se equivoca sobre el cambio climático; sostiene una tesis que está en contradicción flagrante con los datos científicos. En Francia, Claude Allègre y Vincent Courtillot, ambos exdirectores del Instituto de Física del Globo de París y miembros de la Academia de Ciencias, han adoptado posturas similares.

No son los únicos que reflejan esta paradoja: abundan los ejemplos de personas que han triunfado en una profesión intelectual y que, sin embargo, abrazan creencias extravagantes. Luc Montagnier, premio nóbel de medicina, critica las vacunas contra toda razón científica. François Mitterrand (1919-1996), antiguo presidente de Francia, consultaba a un astrólogo. ¿Cómo se explica que estas personas, con una inteligencia innegable, caigan en lo irracional? ¿O que entre los negacionistas que rechazan la existencia de la COVID-19 se encuentren médicos?


¿Qué es la inteligencia?


Tal vez la respuesta resida en la manera con que definimos y evaluamos la inteligencia. Los mejores instrumentos de que disponen los psicólogos para cuantificarla son los tests de inteligencia, los cuales resumen el funcionamiento mental de una persona mediante una escala: el célebre cociente de inteligencia (CI). Estos tests predicen el rendimiento escolar, académico y profesional, así como un buen número de otras características, como la elección de un estilo de vida más saludable. Todo ello indica que representan una medida fiable de la inteligencia. Sin embargo, no solo la inteligencia cuenta para evitar descarrilamientos intelectuales, sino la resistencia a las creencias irracionales; o, dicho de otro modo, el pensamiento crítico. Pero ¿mide el CI esta capacidad?

Pues bien, sí y no. De hecho, ambas facultades se encuentran relacionadas: las investigaciones demuestran que, por término medio, las personas con un CI elevado se adhieren menos a las creencias irracionales. Por otra parte, en los estudios que valoran simultáneamente el CI y el pensamiento crítico, la relación entre ambos aparece siempre positiva, con independencia de la edad. En 2009, Joyce VanTassel-Baska y otros científicos de la Universidad William and Mary, en Estados Unidos, lo comprobaron en niños de 9 a 12 años. En 2018, la investigadora Andreea Buzduga, de la Universidad Alexandru Ioan Cuza, en Rumanía, obtuvo un resultado similar con una muestra de más de 700 escolares y estudiantes.

Resulta bastante normal: el pensamiento crítico presupone un funcionamiento mental eficaz. No se puede valorar correctamente una información si no se es capaz de captarla, tratarla y comprenderla, lo cual requiere cierta inteligencia en el sentido del CI. Por otra parte, las personas que tienen un CI más alto tienden a resistir mejor los sesgos cognitivos.


Sin embargo, ese solo es el caso para ciertos tipos de sesgos. Para empezar, veamos un ejemplo de error contra el cual protege un buen CI: usted tiene una baraja de 10 cartas, que incluye 7 rojas y 3 negras, y se le pide que adivine el color de la carta que se halla encima. Gana 100 euros si responde correctamente. Se repite el juego 10 veces, mezclando cada vez las cartas. ¿Por qué color apostaría la primera vez? ¿Y la segunda? ¿Y la tercera? ¿Y las siguientes?

Ante esta cuestión, muchas personas optarían por apostar siete veces por el rojo y tres veces por el negro. La respuesta no es absurda, pero dista de ser la mejor estrategia. Se tiene ventaja si se apuesta de manera sistemática por el rojo. Este problema esconde una trampa diseñada precisamente para que la mente se encuentre con sus disfunciones ordinarias. Así pues, resulta normal equivocarse, pero cuanto mayor sea el CI del participante, menos probable es que caiga en ella.

Veamos ahora otro tipo de sesgo, pero contra el cual el CI no puede hacer gran cosa: ¿estaría usted a favor o en contra de la prohibición de un modelo de coche que, según un estudio ministerial, octuplica las posibilidades de causar un accidente en comparación con otros modelos? El equipo de Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto y experto en racionalidad, propuso esta cuestión a participantes estadounidenses. El modelo de coche fue descrito en unas ocasiones como fabricado en EE.UU. y, en otras, como de fabricación alemana. ¿Resultado? Los encuestados aceptaban la comercialización de un automóvil peligroso en función de si era de Estados Unidos o no. El CI no influía prácticamente en el resultado. Se trata de un sesgo de juicio, el cual nos impulsa a orientar nuestras conclusiones en función de los propios valores, ideologías o prejuicios.

Además, las puntuaciones obtenidas por los participantes en los tests que miden el pensamiento crítico (incluyen la capacidad de examinar los propios mecanismos del pensamiento, entre otros aspectos) predecían en gran medida sus respuestas. Así, cuanto más desarrollado estaba el pensamiento crítico, más tendían a dar una respuesta independiente de la «nacionalidad» de los automóviles. Por consiguiente, el pensamiento crítico y el CI se apoyan, en parte, sobre competencias comunes, pero también en sus especificidades. Por tanto, se puede ser inteligente y estar dotado de un pensamiento crítico deficiente (o incluso a la inversa).

El 11 de mayo de 2010, el diario Ouest-France publicó un artículo sobre Prahlad Jani, un yogui indio que aseguraba que podía vivir 70 años sin beber ni comer. Con el fin de probar la seriedad de tal afirmación se mencionaba un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores y médicos que habían vigilado al sujeto durante 24 horas al día a lo largo de dos semanas. El hecho de sobrevivir sin comer dos semanas no tiene nada de imposible; además, el hombre estaba autorizado a bañarse, por lo que tenía acceso al agua. Este trabajo no demuestra absolutamente nada, pero los experimentadores que lo organizaron buscaron explicaciones estrafalarias a la supervivencia del yogui; incluso llegaron a plantear que el individuo aprovechaba directamente la energía solar. Por fortuna, en nuestra época de hipercomunicación es bastante fácil desmentir las informaciones que causan «ruido». Una regla básica ante una afirmación que resulta extraña consiste en indagar si no ha sido refutada. En este caso, se podría escribir en el buscador de la Red: «Prahlad Jani fake». Este tipo de reglas y métodos para valorar la fiabilidad de una información (denominadas mindware por el psicólogo Keith Stanovich), pueden ayudar a desarrollar el pensamiento crítico. [Fuente: www.pseudo-sciences.org/Energies-renouvelables-le-yogi-solaire]
El 11 de mayo de 2010, el diario Ouest-France publicó un artículo sobre Prahlad Jani, un yogui indio que aseguraba que podía vivir 70 años sin beber ni comer. Con el fin de probar la seriedad de tal afirmación se mencionaba un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores y médicos que habían vigilado al sujeto durante 24 horas al día a lo largo de dos semanas. El hecho de sobrevivir sin comer dos semanas no tiene nada de imposible; además, el hombre estaba autorizado a bañarse, por lo que tenía acceso al agua. Este trabajo no demuestra absolutamente nada, pero los experimentadores que lo organizaron buscaron explicaciones estrafalarias a la supervivencia del yogui; incluso llegaron a plantear que el individuo aprovechaba directamente la energía solar. Por fortuna, en nuestra época de hipercomunicación es bastante fácil desmentir las informaciones que causan «ruido». Una regla básica ante una afirmación que resulta extraña consiste en indagar si no ha sido refutada. En este caso, se podría escribir en el buscador de la Red: «Prahlad Jani fake». Este tipo de reglas y métodos para valorar la fiabilidad de una información (denominadas mindware por el psicólogo Keith Stanovich), pueden ayudar a desarrollar el pensamiento crítico. [Fuente: www.pseudo-sciences.org/Energies-renouvelables-le-yogi-solaire]

 

Superinteligente y totalmente estúpido

Los psicólogos han identificado dos diferencias fundamentales entre inteligencia y pensamiento crítico. La primera se refiere al nivel de tratamiento de las informaciones. Es decir, el CI se concentra en elementos de «bajo nivel» que constituyen la base del pensamiento, mientras que el pensamiento crítico requiere competencias cognitivas de «alto nivel». Por ejemplo, cuando leemos el enunciado de un ejercicio, la primera etapa del análisis consiste en la percepción de las letras (tratamiento de bajo nivel). Por el contrario, cuando hemos de responder a la cuestión propuesta, nos apoyamos en múltiples tratamientos preliminares: percepción de las letras, pero también comprensión del texto, búsqueda en la memoria de los métodos que lleven a la solución, etcétera. Es una tarea de alto nivel.

Para medir el CI se utiliza un conjunto de tests referidos, sobre todo, a los procesos de bajo nivel: memoria a corto plazo, velocidad de ejecución de una tarea simple y recuperación en la memoria de conocimientos usuales, entre otros. Por el contrario, en los tests de pensamiento crítico con frecuencia se solicita a los participantes que redacten textos argumentativos, saquen conclusiones lógicas a partir de un relato elaborado, estimen la fiabilidad de las fuentes o expliquen su propio pensamiento. Se trata, pues, de poner de relieve capacidades mentales de alto nivel, más ricas y sofisticadas. El pensamiento crítico es, retomando una definición de la filósofa Elena Pasquinelli y de sus colegas, saber calibrar la confianza que se deposita en una información. Ello implica, entre otras cosas, identificar las hipótesis o los presupuestos de un discurso, evaluar los argumentos y las pruebas, además de elementos que no son directamente tenidos en cuenta por los tests de CI, demasiado genéricos.

La segunda diferencia entre inteligencia y pensamiento crítico radica en que la primera se basa en el razonamien­to, mientras que en el segundo interviene un aspecto psicológico. Tener un pensamiento crítico es un estado mental, casi un rasgo de la personalidad, que engloba el afán de conocer la verdad, la necesidad de disponer de pruebas, la tendencia a imaginar varias explicaciones posibles y una cierta apertura a las ideas contrarias. Es lo que el investigador Kurt Taube denomina «factor de disposición». A partir de una serie de evaluaciones llevadas a cabo en 1995 con 198 personas, este psicólogo demostró que se explican mejor los resultados obtenidos con los tests de pensamiento crítico cuando se integra esta dimensión a la personalidad en lugar de analizar solo las capacidades de razonamiento.

En concreto, los investigadores identificaron tres características principales que promueven el pensamiento crítico: la curiosidad, el deseo de encontrar la verdad y la humildad. En 2004, Jennifer Clifford, de la Universidad Villanova, en Pensilvania, y sus colaboradores midieron de manera conjunta el CI, el pensamiento crítico y la personalidad de los una serie de personas. Hallaron una relación entre la apertura a las experiencias (rasgo de la personalidad que incluye la curiosidad y el afán por conocer cosas nuevas) y la puntuación del pensamiento crítico. ¡Y ello sin que importara el CI! Con otras palabras: usted puede ser poco inteligente pero estar dotado de un buen pensamiento crítico. Numerosos estudios, basados en un diseño similar, subrayan, asimismo, la importancia de este rasgo de la personalidad.

Más allá de la curiosidad, el ejercicio del pensamiento crítico, al exigir cierto esfuerzo intelectual, solo sucederá si la persona se centra en la búsqueda de la verdad. Se puede ser capaz de actuar con gran rigor, pero no poner en práctica esta capacidad a diario. En 2009, Kelly Ku e Irene Ho, de la Universidad de Hong Kong, valoraron el pensamiento crítico de 137 personas que habían sido interrogadas sobre su interés por la verdad a través de un cuestionario diseñado para ello. Por ejemplo, debían indicar su grado de acuerdo con cuestiones como: «Las soluciones correctas a los problemas deben ser determinadas por personas en función de la autoridad que tengan» o «La diversidad de puntos de vista crea confusión en vez de ayudar a clarificar las cosas». Cuanto más revelaba este test el deseo por la verdad (si se respondía, por ejemplo, que la autoridad sola no es suficiente para asegurar la pertinencia de una solución, o que la diversidad de puntos de vista no puede dañar la verdad, si es que existe), más aumentaba la puntuación de pensamiento crítico.

Si se da una vuelta por las redes sociales para curiosear sobre el debate en torno a la homeopatía, se percibe la potencia de este factor. Se hallarán numerosos comentarios del tipo: «No me importan los estudios. La homeopatía me parece bien. Creo en ella, y punto». Esta postura no es necesariamente la de una persona superficial o modestamente inteligente: revela, simplemente, una forma de estar con el mundo. Para algunas personas, la decisión de creer no es algo absurdo, porque en el fondo la verdad no les importa. Otras, en cambio, la aprecian y, en consecuencia, manifiestan una cierta «vigilancia epistémica» buscando pruebas en la medida de lo posible. Se trata de una de las bases del pensamiento crítico, independiente del CI. Se pueden desear pruebas, incluso si los medios disponibles para obtenerlas son limitados; y a la inversa, se puede estar muy capacitado para encontrar pruebas, pero no tener un deseo desmesurado de conseguirlas.

Finalmente, la humildad intelectual figura en lo alto de los factores que favorecen el pensamiento crítico. A quienes les falta, manifiestan una rigidez mental; ante pruebas adversas, no cambian jamás de opinión. Todo lo contrario que Mark Lynas, ambientalista y antiguo activista contra los transgénicos y ahora defensor de los cultivos genéticamente modificados. Después de sopesar ciertos aspectos científicos, renegó públicamente de sus afirmaciones iniciales. Se esté o no de acuerdo con él, debe reconocerse su modestia y coraje: para pensar de forma crítica se necesita dudar de sí mismo, no solo de los demás, y en ocasiones admitir que se está equivocado.

Entonces, ¿es la necesidad de ser «más inteligentes que los otros» lo que lleva a un médico como Montagnier a rechazar las vacunas o a un académico como Courtillot a negar el cambio climático? Solo ellos lo saben, o tal vez no, puesto que tal necesidad rara vez es consciente. Pero una cosa es segura: la ausencia de una o varias de las mencionadas características de la personalidad (apertura, ansia de verdad, humildad) puede desembocar en conductas irracionales en individuos con mentes muy ágiles.

Enseñar el pensamiento crítico

¿Cómo se puede desarrollar el pensamiento crítico? Parece difícil actuar sobre la personalidad, aunque no es imposible: las intervenciones tempranas pueden convertir a los niños en más curiosos, humildes y abiertos a los demás y, en consecuencia, desarrollar pensamiento crítico. Son las asociadas a la llamada inteligencia cristalizada, también conocida como «saberes adquiridos». Ello explica que las puntuaciones en los tests de pensamiento crítico aumenten con la edad: a medida que se envejece, se desarrolla la capacidad de argumentar, se aprende a desconfiar de ciertas cosas, se graban nuevas experiencias en la memoria, etcétera.

Para progresar en los procesos cognitivos de alto nivel, una palanca importante es desarrollar el mindware, según define el psicólogo Keith Stanovich. Se trata de un conjunto de reglas y métodos que se utilizan para contestar a una pregunta o valorar la fiabilidad de una información. Una parte de estas reglas son puramente lógicas (como «un ejemplo aislado no permite establecer una ley general»), pero otras son más prácticas («frente a una información llamativa encontrada en Internet es necesario verificar que no proceda de un sitio paródico»).

Por otra parte, aprender a reconocer situaciones de riesgo resulta un elemento clave para una buena defensa intelectual. En ciertos casos, ello se ejecuta de forma más o menos automática, sobre todo si la información parece inverosímil. Pero podemos ir más lejos educando el sistema de alerta interna que nos indica la necesidad de realizar algunas verificaciones. Por ejemplo, debemos ser cautelosos ante las informaciones que implican un riesgo grave pero poco probable para nuestra salud: por muy inteligente que sea nuestra intuición, exagerará el peligro. Así, cuando se leen los efectos secundarios en el prospecto de un medicamento que se está tomado, de pronto, se piensa que la propia salud está en peligro; incluso si la probabilidad del efecto nocivo es mínima. Antes de dejar de consumir ese fármaco es preferible tomarse un tiempo para profundizar en ese razonamiento y pensar en los riesgos y beneficios de su consumo.

Aceptar que no se sabe

Sin embargo, esta etapa de verificación y profundización ulterior puede resultar delicada: tal vez no solo se apoya en una experiencia elevada, sino también en las facultades cognitivas dependientes del CI que se sabe que son relativamente poco sensibles a la educación. Tal vez es necesario aceptar que ciertos problemas y determinadas evaluaciones de la información siempre nos serán inaccesibles porque son demasiado complejos. ¡Qué importa! Saber que no se sabe supone un gran paso hacia el pensamiento crítico. Y, si es necesario, existen otras estrategias que nos permiten sortear las propias limitaciones: identificar las fuentes de información fiables y remitirse al juicio de expertos —en el caso del calentamiento global, por ejemplo, es fácil observar que el consenso científico es abrumador, incluso cuando algunas personas adopten una posición marginal—.

En todo caso, desarrollar el pensamiento crítico vale la pena, puesto que las capacidades de razonamiento de alto nivel que ello implica son transferibles a muchas áreas. Según un estudio dirigido por Heather Butler, de la Universidad de Claremont en California, un pensamiento crítico y agudo se asocia con una menor frecuencia de acontecimientos negativos en la vida (perder el trabajo al cabo de una semana de iniciarlo, comprar ropa y no usarla, ser acusado de provocar un accidente de tráfico, etcétera). Asimismo, parece favorecer mejores decisiones.

Para ilustrar los reveses a los que conduce la falta de pensamiento crítico en la vida diaria, Butler cita el ejemplo de los consumidores que en su día compraron zapatillas de baloncesto Reebok atraídos por una publicidad que anunciaba que dicho calzado «tonifica los glúteos hasta un 28 por ciento más que las zapatillas de baloncesto ordinarias, simplemente marchando con ellas». Los compradores recibieron una indemnización por parte de los fabricantes después de que un estudio del Consejo Estadounidense del Ejercicio (asociación que se dedica a difundir las prácticas deportivas que benefician la salud), desmintiera tal afirmación. Pero ¿no hubiera sido mejor que los usuarios pensaran un poco más para evitar el engaño?

El pensamiento crítico también se relaciona con un mejor rendimiento académico, como demuestra un metanálisis llevado a cabo en 2017 por Carl Fong y sus colegas de la Universidad Estatal de Texas a partir de 23 estudios y un total de 8233 participantes. Otros trabajos sugieren que el pensamiento crítico conduce a una mayor eficiencia en ciertas ocupaciones que requieren habilidades analíticas. La investigadora Sara Elson y sus colegas constataron tal suposición en 2018 en un estudio con empleados de varios departamentos gubernamentales.

En resumen, el desarrollo del pensamiento crítico no es solo una necesidad social impuesta por la explosión de las noticias falsas (fake news) y rumores perjudiciales, sino que también es un camino hacia el éxito personal y profesional.

 

PARA SABER MÁS

On the relative independence of thinking biases and cogitive ability. K.E. Stanovich y R.F. West en Journal of Personality and Social Psychology, vol. 94, n.º 4, págs. 672-695, 2008.

A longitudinal study on enhancing critical thinking and reading comprehension in Title I classrooms. J. VanTassel-­Baska et al. en Journal for the Education of the Gifted, vol. 33, n.º 1, págs. 7-37, 2009.

A meta-analysis on critical thinking and community college student achievement. C. J. Fong et al. en Thinking Skills and Creativity, vol. 26, págs. 71-83, 2017.

Des têtes bien faites. Défense de l’esprit critique. Nicolas Gauvrit y Sylvain Delouvée. Prensa Universitaria de Francia (PUF), 2019.



AUTORES: Éléonore Mariette Nicolas Gauvrit

lunes, 21 de diciembre de 2020

Comienza a aclararse la misteriosa pérdida de olfato debida a la COVID-19

 Empezamos a tener explicaciones moleculares para este síntoma irritante pero habitual.



Un sábado de principios de abril, mientras se bebía una infusión con hojas de menta fresca, Eian Kantor se dio cuenta de que había perdido el sentido del olfato. Lo sospechó al notar que el té no le olía a nada, así que rebuscó en la nevera para olisquear un bote de pepinillos, una salsa de pimiento chile y unos ajos. Pero nada.

Desde que a finales de marzo se confinara el estado de Nueva York, Kantor, de 30 años, y su novia habían permanecido aislados en su apartamento de Queens, en Nueva York. Así que ni sospechaba que pudiera tener la COVID-19 a pesar de una fiebre leve que achacaba a las alergias estacionales. Cuando consiguió hacerse la prueba semanas después de la pérdida del olfato (anosmia), dio negativo. Meses más tarde, otras pruebas indicaron que tenía los anticuerpos contra el nuevo coronavirus «disparatadamente altos, lo que confirmaba que había pasado la enfermedad».


Se estima que el 80 por ciento de las personas con COVID-19 presentan alteraciones del olfato, y que muchas también tienen disgeusia o ageusia (alteración o pérdida del gusto, respectivamente), o cambios en la quimioestesia (la capacidad para percibir las sustancias irritantes, como las guindillas). La pérdida del olfato es tan frecuente en las personas con COVID-19 que algunos investigadores han recomendado utilizarla como prueba diagnóstica, ya que podría ser un marcador más fiable que la fiebre u otros síntomas.

Sigue siendo un misterio la manera que tiene el nuevo coronavirus de privar a sus víctimas de estos sentidos. Al comienzo de la pandemia, los médicos y los investigadores estaban preocupados porque pensaban que la anosmia por COVID-19 indicaba que el virus se abría paso hacia el cerebro por la nariz, donde ocasionaría daños graves y duraderos. Se sospechaba que el camino pasaría por las neuronas olfativas, que perciben los olores en el aire y transmiten la señal al cerebro. Pero los estudios indican que probablemente no sea así, afirma Sandeep Robert Datta, neurocientífico de la Escuela de Medicina de Harvard. «Todos los datos hasta la fecha me hacen pensar que la invasión empieza realmente en la nariz, en el epitelio nasal», una capa de células semejante a la piel que se encarga de detectar los olores. «Parece que el virus prefiere atacar las células de sostén y las células madre, pero no a las neuronas directamente», nos comenta Datta, y puntualiza que esto no significa que las neuronas no se vean afectadas.

La superficie de las neuronas olfativas no presenta los receptores de tipo 2 con actividad convertidora de la angiotensina (ACE2) que usa el virus para entrar, mientras que las células sustentaculares, que dan un importante sostén por distintas vías a las neuronas olfativas, están salpicadas de ellos. Se trata de las células que mantienen el delicado equilibrio de iones salinos en el moco del que dependen las neuronas para enviar las señales al cerebro. Cualquier alteración de este equilibrio apagaría la señalización neuronal y con ella el olfato.


Las células sustentaculares también proporcionan el soporte metabólico y físico necesario para sostener los cilios que emiten las neuronas olfativas, donde se concentran los receptores que detectan los olores. Según Datta, «la alteración física de estos cilios hace perder el olfato».

En un estudio de Nicolas Meunier, neurocientífico de la Universidad de París-Saclay, publicado en la revista Brain, Behavior and Immunity se infectó el hocico de hámsteres dorados sirios con el SARS-CoV-2. En dos días, casi la mitad de las células sustentaculares estaban infectadas, pero no las neuronas olfativas, aunque hubieran transcurrido incluso dos semanas. Lo que sorprendió a Meunier fue que el epitelio olfativo estuviera completamente desprendido, como la piel que se despega tras una quemadura solar. Aunque no estuvieran infectadas las neuronas olfativas, los cilios habían desaparecido totalmente. «La ausencia de cilios conlleva la pérdida de los receptores olfativos y de la capacidad para detectar los aromas.»

La destrucción del epitelio olfativo podía explicar la pérdida de olfato. Sigue sin quedar claro si el daño lo hace el propio virus o la invasión de las células inmunitarias que Meunier observó después de la infección. La abundancia de notificaciones de anosmia por COVID-19 no se da en otras enfermedades víricas. «Creemos que es muy específica del SARS-CoV-2», afirma Meunier. En un estudio anterior de su laboratorio con otros virus respiratorios encontraron que las células sustentaculares no se solían infectar, mientras que con el SARS-CoV-2, casi la mitad contenían el patógeno. Con otros virus, el olfato suele verse comprometido por la congestión nasal, pero la COVID-19 no suele provocarla. Para Meunier, «es muy diferente».

Los investigadores dieron con unas pocas claves para la pérdida del olfato, pero el mecanismo por el que el virus provoca la pérdida del gusto está plagado de incertidumbres. Las células receptoras de los sabores detectan las sustancias químicas en la saliva y envían la señal al cerebro, pero no contienen el ACE2, por lo que es poco probable que se infecten con el SARS-CoV-2. En cambio, otras células de sostén en la lengua sí llevan el receptor, lo que quizás proporcione alguna pista de la desaparición del gusto. Aunque parezca que el gusto desaparece con la anosmia debido a que los olores son un componente clave del sabor, muchas personas con COVID-19 desarrollan una ageusia verdadera y no saborean ni siquiera lo dulce ni lo salado.

Tampoco tenemos explicación, al quedar mucho por explorar, para la pérdida de la percepción de las sustancias químicas, como el picor de las guindillas o la sensación refrescante de la menta. Estas sensaciones no son sabores, sino que su detección la transmiten por el cuerpo (incluida la boca) los nervios que detectan el dolor, algunos de los cuales expresan el ACE2.

Quienes se recuperan de la anosmia son otra fuente de explicaciones para la pérdida del olfato debida al virus. Según Datta, «la mayoría de los pacientes pierden el olfato como si se apagara un interruptor, y lo recuperan igualmente rápido. Cuando la anosmia es mucho más persistente, la recuperación tarda más». El epitelio olfativo se regenera con regularidad. Meunier nos explica que «de esta forma se protege el cuerpo ante la continua avalancha de toxinas que le llegan desde el entorno».

Todavía hoy, más de siete meses después de que experimentase la anosmia por primera vez, Kantor forma parte del grupo de pacientes que sigue sin oler nada en absoluto. «Cuesta mucho, porque no eres consciente de cuánto necesitas el olfato hasta que lo pierdes. Si hubiera fuego en casa, no me enteraría. Me preocupa bastante.» Y, además, la anosmia le quita placer a la comida: «Mis alimentos preferidos ahora no me saben a nada».

Carol Yan, rinóloga de la Universidad de California en San Diego, dice que la anosmia supone un riesgo real para la salud. «Realmente incrementa la mortalidad porque si no hueles ni saboreas la comida, quedas expuesto a que te perjudiquen, por ejemplo, los alimentos podridos o una fuga de gas. También puede ocasionar un aislamiento social o deficiencias nutricionales.»

Las alteraciones sensitivas se extienden a otro síntoma denominado parosmia, un posible signo de recuperación en las personas con anosmia duradera. Es el caso de Freya Sawbridge, una neozelandesa de 27 años que enfermó de COVID-19 en marzo. Tras varias semanas con anosmia y ageusia, cuando todo le sabía a «cubitos de hielo y cartón», Sawbridge comenzó a recuperar los sabores más básicos (dulce, salado y amargo), pero ningún matiz gustativo procedente del aroma de los alimentos. «El chocolate me sabe como una goma dulce», nos comenta.

Al cabo de unos cinco meses recuperó algunos olores, pero no como esperaba: durante un tiempo, todas las comidas le olían a frambuesa artificial y ahora «todo tiene un olor atroz y distorsionado. Nada me huele como debería y los aromas me resultan desagradables». Para Sawbridge, el olor de las cebollas es insoportable, y un aroma artificial y extraño lo impregna todo. «Todas las comidas me saben como si las hubieran rociado con un limpiacristales.»

La parosmia podría aparecer cuando las células madre recién generadas que se diferencian en neuronas en la nariz intentan extender sus largas fibras, denominadas axones, por los agujeros diminutos de la base del cráneo para conectarse con la estructura encefálica denominada bulbo olfativo. A veces, los axones se conectan al lugar equivocado y provocan un olor errático, aunque dichas conexiones erróneas se suelen autocorregir al cabo de un tiempo suficiente.

Estas noticias son estupendas para las personas como Sawbridge. Pero la pregunta para la que quiere una respuesta se centra en cuánto le durará la anosmia. Según Yan, «no sabemos lo que tardará la recuperación de las personas con anosmia», pero lo normal está entre seis meses y un año. «Con la anosmia posvírica a largo plazo debida a la gripe, la probabilidad de recuperación espontánea al cabo de seis meses está entre el 30 y el 50 por ciento» sin ningún tratamiento. Y prosigue: «Se han descrito casos que se recuperan al cabo de dos años. Transcurrido este plazo, creemos que la capacidad regenerativa podría estar inhibida, así que, desgraciadamente, la posibilidad de recuperación sería muy remota».

Kantor ha intentado todo lo imaginable para recobrar el olfato: un tratamiento con corticoesteroides a grandes dosis para reducir la inflamación; un programa de entrenamiento del olfato con aceites esenciales; suplementos con β-carotenos para la regeneración nerviosa; acupuntura... Nada ha marcado ninguna diferencia. Yan recomienda la «irrigación» de los senos nasales con budesonida, un corticoesteroide por vía tópica que se ha demostrado que mejora los resultados en un estudio de la Universidad Stanford con los pacientes que perdieron el olfato durante más de seis meses después de una gripe. Otro tratamiento prometedor que Yan y colaboradores están investigando es el plasma rico en plaquetas, un preparado antiinflamatorio aislado de la sangre que se ha utilizado para tratar algunos tipos de lesiones nerviosas. Pero Yan indica que, independientemente del tratamiento, los resultados «no son sensacionales. Nadie se va a levantar notando que ya vuelve a oler. Pero si se vuelve a oler un jabón o a disfrutar del sabor de algunas comidas, se ha ganado mucho».

Y un apunte final preocupante sobre la anosmia: se ha determinado que es un factor de riesgo para algunas enfermedades neurodegenerativas. Nos informa Meunier que «después de la gripe pandémica de 1919 vimos un incremento de la prevalencia de la enfermedad de Parkinson. Sería realmente inquietante que ahora ocurriera algo parecido».

Pero Yan piensa que este temor es exagerado: «hay ciertamente una conexión entre la anosmia y las enfermedades, pero creemos que la anosmia inducida por virus transcurre por un mecanismo muy diferente. Que tengamos anosmia posvírica no implica que el riesgo para otras enfermedades sea mayor, porque son dos fenómenos completamente independientes». Esto debería tranquilizar a Sawbridge y Kantor, así como a los millones de personas en todo el mundo afectadas por la anosmia relacionada con la COVID-19. 

Stephani Sutherland

domingo, 6 de diciembre de 2020

La cápsula de la sonda Hayabusa 2 regresa a la Tierra con muestras del asteroide Ryugu

 Japón se ha marcado un nuevo tanto en la exploración del sistema solar que pasará a la historia. La cápsula de la sonda Hayabusa 2 aterrizó con éxito ayer día 5 de diciembre de 2020 en Woomera, Australia (la hora exacta del aterrizaje no se ha calculado aún, pero se supone que fue alrededor de las 17:53 UTC). En su interior la cápsula lleva una cantidad todavía no determinada de muestras del asteroide Ryugu (aunque se estima que serán unos cien miligramos). Japón revalida su posición como único país que ha logrado recoger muestras de un asteroide y traerlas a la Tierra, a la espera de la que la sonda OSIRIS-REx de la NASA vuelva a nuestro planeta con rocas del asteroide Bennu en 2023. Hayabusa 2 es la segunda misión que trae muestras de un asteroide tras la Hayabusa 1, que en junio de 2010 regresó con unos pocos granos —granos, no gramos— de la superficie del asteroide Itokawa.


La cápsula de Hayabusa 2 en Woomera (Australia) tras ser revisada por especialistas para asegurarse de que los mecanismos pirotécnicos no estuviesen activos (JAXA).

La cápsula de Hayabusa 2, prácticamente idéntica a la que llevaba la Hayabusa 1, es pequeña, de 40 centímetros de diámetro, 20 centímetros de altura y unos 16 kg de masa. El 5 de diciembre a las 05:30 UTC la sonda liberó la cápsula a una distancia de unos 220 000 kilómetros, después de que Hayabusa 2 realizase dos maniobras para refinar su órbita de tal forma que la cápsula siguiese una trayectoria adecuada para aterrizar en Woomera a la hora prevista (poco antes del amanecer local). Estas maniobras (TCM-3 y TCM-4) tuvieron lugar el 26 de noviembre y el 1 de diciembre a 3,6 y 1,74 millones de kilómetros de la Tierra, respectivamente. Las maniobras eran críticas porque la cápsula no tenía forma alguna de controlar su trayectoria o su orientación tras la separación. Poco después, a unos 200 000 kilómetros de distancia, la sonda Hayabusa 2 realizó una maniobra adicional (TCM-5) para evitar su destrucción en la atmósfera terrestre. La sonda Hayabusa 2 pasaría luego por nuestro planeta a una distancia mínima de 290 kilómetros.

Recreación de la sonda Hayabusa 2 y su cápsula reentrando (JAXA).
Trayectoria de regreso de Hayabusa 2 (JAXA).
Maniobras que llevó a cabo Hayabusa 2 para volver a la Tierra con las muestras de Ryugu (JAXA).
Corredor de reentrada (JAXA).
Secuencia de reentrada de la cápsula (JAXA).
Fases del descenso (JAXA).
Estela de la reentrada de la cápsula de Hayabusa 2 (JAXA).

La cápsula reentró a una velocidad de 11,6 km/s y el escudo térmico alcanzó una temperatura de unos 3000 ºC, aunque en el interior del vehículo no se superaron los 80 ºC. Oficialmente la reentrada dio comienzo a las 17:28 UTC a 120 kilómetros de altura. Fue posible filmar la estela de la cápsula mientras seguía una trayectoria desde el noroeste hacia la elipse de aterrizaje de Woomera, una elipse que tenía un tamaño de unos 150 x 100 kilómetros. El paracaídas se desplegó a las 17:32 UTC a 10 kilómetros de altura y el escudo térmico se separó poco después. El equipo de tierra siguió el descenso de la cápsula mediante cinco estaciones receptoras, lo que permitió triangular la zona de descenso con una precisión mayor que la obtenida para Hayabusa 1. También se usaron cuatro estaciones dotadas de un radar de barco para intentar detectar el paracaídas (la cápsula era demasiado pequeña para el radar).

La cápsula tras ser encontrada (JAXA).
La cápsula con el equipo de rescate (JAXA).
Sistema de radiolocalización del radiofaro de la cápsula (JAXA).
La cápsula en el contenedor de muestras (JAXA).
Contenedor con las muestras siendo trasladadas a las instalaciones de Woomera (JAXA).

La cápsula fue localizada a las 19:47 UTC, después del amanecer local, por los equipos de rescate conjuntos australianos y japoneses en Woomera, que contaban con la ayuda de un helicóptero (si no la hubieran encontrado en las primeras horas, disponían de un dron para cubrir un área de búsqueda mayor). Una vez localizada, el personal de la agencia espacial japonesa JAXA se acercó con trajes a prueba de explosivos para verificar que no había ningún mecanismo pirotécnico que pudiera activarse (estos mecanismos se usan para la apertura del paracaídas y la separación del escudo térmico). Después se verificó que la cápsula estaba intacta y no había fuga visible alguna. Por si acaso, se procedió a recoger una muestra de los gases del contenedor. Posteriormente se analizará para comprobar si contenían trazas de gases procedentes de Ryugu. Las autoridades de Woomera autorizaron entonces el traslado provisional de la cápsula a las instalaciones del polígono, a cargo de la fuerza aérea australiana. La cápsula viajará el lunes 7 de diciembre hasta las instalaciones de JAXA en Sagamihara, Japón.

Sonda Hayabusa 2 (JAXA).
Cápsula de Hayabusa 2 (JAXA).
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Cápsula de retorno de muestras de Hayabusa 2 (JAXA).
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La cápsula de entrada de Hayabusa 2 (JAXA).
Recreación de la cápsula descendiendo (JAXA).

Hayabusa 2 (はやぶさ2) fue lanzada el 3 de diciembre de 2014, hace ya seis años, y el 27 de junio de 2018 llegó al asteroide Ryugu, que resultó ser un asteroide de tipo pila de escombros. En vez de ser un objeto sólido, Ryugu está formado por rocas y guijarros de todos los tamaños, sin prácticamente regolito en su superficie. El 21 de septiembre desplegó los dos pequeños rovers MINERVAII-1 japoneses (HIBOU y OWL), de apenas 1 kg cada uno, que exploraron la superficie de Ryugu dando saltos, mientras que el 2 de octubre de 2018 le tocó el turno al rover franco-alemán MASCOT, que funcionó durante 17 horas en la sobre el pequeño asteroide. Un cuarto rover, el MINERVA-II2, falló antes de ser desplegado. El 21 de febrero de 2019 a las 22:30 UTC Hayabusa 2 tocó la superficie del asteroide para recoger muestras en la zona de Tamatebako. A diferencia de OSIRIS-REx, que usó un chorro de nitrógeno para recoger muestras del asteroide Bennu, las sondas Hayabusa usaron un dispositivo en forma de «manguera» que entró en contacto con la superficie y, en ese momento, un proyectil de tántalo de 5 gramos se lanzó contra el suelo a gran velocidad para levantar guijarros y regolito que pudiese ser capturado por la nave.

Fases de la misión de Hayabusa 2 (JAXA).
Asteroide Ryugu (JAXA).
Mapa de Ryugu (Phil Stooke/JAXA).
Todos estos cachivaches se desprenderán de Hayabusa 2 (JAXA).
La superficie de Ryugu vista por uno de los rovers MINERVAII-1 (JAXA).
MASCOT (DLR/CNES/JAXA).
Una imagen de la superficie tomada por MASCOT (DLR/CNES/Roman Tkachenko).

El 5 de abril a las 01:56 UTC la sonda soltó la subsonda SCI (Small Carry-On Impactor), de 9,5 kg, con el objetivo de detonar una carga explosiva para crear un cráter en la superficie de Ryugu. Aproximadamente 40 minutos después de la separación (02:36 UTC) los 4,7 kilogramos de explosivo plástico (PBX) de la carga hueca del SCI entraron en acción, propulsando un proyectil de cobre de 2,5 kilogramos que chocó contra Ryugu en la zona del ecuador, a unos 90º en longitud de la región de Tamatebako. El impacto se produjo a una velocidad aproximada de 7200 km/h (2 km/s). Unos 18 minutos después de la separación del SCI, Hayabusa 2 soltó una segunda subsonda, la cámara DCAM-3, con el objetivo de grabar el momento del impacto. El 11 de julio de 2019 Hayabusa 2 efectuó una segunda maniobra de recogida de muestras en el cráter creado por SCI. La maniobra fue un éxito y el equipo de la misión decidió no realizar la tercera recogida de muestras que estaba prevista.

Imagen de la zona de retorno de muestras L08-E1 a 30 metros de altura después de que la sonda Hayabusa 2 contactase con la superficie el 21 de febrero de 2019. Se ve la sombra de la sonda (JAXA).
Captura de pantalla 2014-12-03 a las 19.57.50
Tubo del sistema de recogido de muestras SMP (JAXA).
Proyectil de tántalo de 5 gramos usado para recuperar muestras (JAXA).
Esquema de la carga hueca explosiva SCI (JAXA).
Detalle de la manguera de retorno de muestras sobre Ryugu vista por la cámara CAM-H durante el ensayo de acercamiento del 25 de octubre de 2018 (JAXA).

Hayabusa 2 abandonó Ryugu el 13 de noviembre de 2019. El 17 de septiembre de 2020 la sonda completó la fase de corrección de su trayectoria de regreso a la Tierra usando los motores iónicos, una fase que había empezado el pasado mayo y que finalizó ayer con el regreso de la cápsula a la Tierra. Mientras, la sonda Hayabusa 2 pasó por otro momento crítico de la misión al estar 33 minutos en la sombra de la Tierra, una parte de la trayectoria no exenta de riesgo. Afortunadamente, todo salió bien y Hayabusa 2 podrá continuar su odisea particular. Porque, aunque la cápsula con las muestras ya está en la Tierra, la sonda seguirá explorando asteroides. En julio de 2026 sobrevolará el asteroide 2001 CC21 y en 2031 orbitará el asteroide 1998 KY26, donde terminará su misión.

La Tierra vista por Hayabusa 2 el 5 de diciembre a 130000 km de distancia 6,5 horas tras el máximo acercamiento (JAXA)
Hayabusa 2 junto a su nuevo objetivo, el pequeño asteroide 1998 KY26. Imagen a escala (JAXA).

Referencias:

  • https://www.hayabusa2.jaxa.jp/

Artículo tomado del fantástico blog de Daniel Marín: https://danielmarin.naukas.com/2020/12/06/la-capsula-de-la-sonda-hayabusa-2-regresa-a-la-tierra-con-muestras-del-asteroide-ryugu/