Mostrando entradas con la etiqueta pseudociencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pseudociencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de diciembre de 2020

Pensamiento crítico: más allá de la inteligencia

 La existencia de personas muy inteligentes que se creen afirmaciones sin fundamento demuestra que la inteligencia no previene contra la credulidad



EN SÍNTESIS

Las personas dotadas de un cociente de inteligencia elevado tienden a presentar un mayor pensamiento crítico, pero existen numerosas excepciones, entre ellas, incluso premios nóbel.

El pensamiento crítico depende de muchas capacidades cognitivas, algunas de las cuales no evalúan los tests de inteligencia. También influyen determinados rasgos de la personalidad.

Algunas de las estrategias que fomentan el pensamiento crítico pueden ejercitarse, como valorar la fiabilidad de la información. Ello favorece el éxito personal y profesional.

Roy Warren Spencer es un meteorólogo afiliado a la Universidad de Alabama. En 1991, la NASA le otorgó una medalla por su «trabajo científico excepcional». Este reconocimiento podría ser suficiente para pensar que se trata de una persona inteligente. Sin embargo, Spencer afirma que la comunidad de climatólogos se equivoca sobre el cambio climático; sostiene una tesis que está en contradicción flagrante con los datos científicos. En Francia, Claude Allègre y Vincent Courtillot, ambos exdirectores del Instituto de Física del Globo de París y miembros de la Academia de Ciencias, han adoptado posturas similares.

No son los únicos que reflejan esta paradoja: abundan los ejemplos de personas que han triunfado en una profesión intelectual y que, sin embargo, abrazan creencias extravagantes. Luc Montagnier, premio nóbel de medicina, critica las vacunas contra toda razón científica. François Mitterrand (1919-1996), antiguo presidente de Francia, consultaba a un astrólogo. ¿Cómo se explica que estas personas, con una inteligencia innegable, caigan en lo irracional? ¿O que entre los negacionistas que rechazan la existencia de la COVID-19 se encuentren médicos?


¿Qué es la inteligencia?


Tal vez la respuesta resida en la manera con que definimos y evaluamos la inteligencia. Los mejores instrumentos de que disponen los psicólogos para cuantificarla son los tests de inteligencia, los cuales resumen el funcionamiento mental de una persona mediante una escala: el célebre cociente de inteligencia (CI). Estos tests predicen el rendimiento escolar, académico y profesional, así como un buen número de otras características, como la elección de un estilo de vida más saludable. Todo ello indica que representan una medida fiable de la inteligencia. Sin embargo, no solo la inteligencia cuenta para evitar descarrilamientos intelectuales, sino la resistencia a las creencias irracionales; o, dicho de otro modo, el pensamiento crítico. Pero ¿mide el CI esta capacidad?

Pues bien, sí y no. De hecho, ambas facultades se encuentran relacionadas: las investigaciones demuestran que, por término medio, las personas con un CI elevado se adhieren menos a las creencias irracionales. Por otra parte, en los estudios que valoran simultáneamente el CI y el pensamiento crítico, la relación entre ambos aparece siempre positiva, con independencia de la edad. En 2009, Joyce VanTassel-Baska y otros científicos de la Universidad William and Mary, en Estados Unidos, lo comprobaron en niños de 9 a 12 años. En 2018, la investigadora Andreea Buzduga, de la Universidad Alexandru Ioan Cuza, en Rumanía, obtuvo un resultado similar con una muestra de más de 700 escolares y estudiantes.

Resulta bastante normal: el pensamiento crítico presupone un funcionamiento mental eficaz. No se puede valorar correctamente una información si no se es capaz de captarla, tratarla y comprenderla, lo cual requiere cierta inteligencia en el sentido del CI. Por otra parte, las personas que tienen un CI más alto tienden a resistir mejor los sesgos cognitivos.


Sin embargo, ese solo es el caso para ciertos tipos de sesgos. Para empezar, veamos un ejemplo de error contra el cual protege un buen CI: usted tiene una baraja de 10 cartas, que incluye 7 rojas y 3 negras, y se le pide que adivine el color de la carta que se halla encima. Gana 100 euros si responde correctamente. Se repite el juego 10 veces, mezclando cada vez las cartas. ¿Por qué color apostaría la primera vez? ¿Y la segunda? ¿Y la tercera? ¿Y las siguientes?

Ante esta cuestión, muchas personas optarían por apostar siete veces por el rojo y tres veces por el negro. La respuesta no es absurda, pero dista de ser la mejor estrategia. Se tiene ventaja si se apuesta de manera sistemática por el rojo. Este problema esconde una trampa diseñada precisamente para que la mente se encuentre con sus disfunciones ordinarias. Así pues, resulta normal equivocarse, pero cuanto mayor sea el CI del participante, menos probable es que caiga en ella.

Veamos ahora otro tipo de sesgo, pero contra el cual el CI no puede hacer gran cosa: ¿estaría usted a favor o en contra de la prohibición de un modelo de coche que, según un estudio ministerial, octuplica las posibilidades de causar un accidente en comparación con otros modelos? El equipo de Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto y experto en racionalidad, propuso esta cuestión a participantes estadounidenses. El modelo de coche fue descrito en unas ocasiones como fabricado en EE.UU. y, en otras, como de fabricación alemana. ¿Resultado? Los encuestados aceptaban la comercialización de un automóvil peligroso en función de si era de Estados Unidos o no. El CI no influía prácticamente en el resultado. Se trata de un sesgo de juicio, el cual nos impulsa a orientar nuestras conclusiones en función de los propios valores, ideologías o prejuicios.

Además, las puntuaciones obtenidas por los participantes en los tests que miden el pensamiento crítico (incluyen la capacidad de examinar los propios mecanismos del pensamiento, entre otros aspectos) predecían en gran medida sus respuestas. Así, cuanto más desarrollado estaba el pensamiento crítico, más tendían a dar una respuesta independiente de la «nacionalidad» de los automóviles. Por consiguiente, el pensamiento crítico y el CI se apoyan, en parte, sobre competencias comunes, pero también en sus especificidades. Por tanto, se puede ser inteligente y estar dotado de un pensamiento crítico deficiente (o incluso a la inversa).

El 11 de mayo de 2010, el diario Ouest-France publicó un artículo sobre Prahlad Jani, un yogui indio que aseguraba que podía vivir 70 años sin beber ni comer. Con el fin de probar la seriedad de tal afirmación se mencionaba un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores y médicos que habían vigilado al sujeto durante 24 horas al día a lo largo de dos semanas. El hecho de sobrevivir sin comer dos semanas no tiene nada de imposible; además, el hombre estaba autorizado a bañarse, por lo que tenía acceso al agua. Este trabajo no demuestra absolutamente nada, pero los experimentadores que lo organizaron buscaron explicaciones estrafalarias a la supervivencia del yogui; incluso llegaron a plantear que el individuo aprovechaba directamente la energía solar. Por fortuna, en nuestra época de hipercomunicación es bastante fácil desmentir las informaciones que causan «ruido». Una regla básica ante una afirmación que resulta extraña consiste en indagar si no ha sido refutada. En este caso, se podría escribir en el buscador de la Red: «Prahlad Jani fake». Este tipo de reglas y métodos para valorar la fiabilidad de una información (denominadas mindware por el psicólogo Keith Stanovich), pueden ayudar a desarrollar el pensamiento crítico. [Fuente: www.pseudo-sciences.org/Energies-renouvelables-le-yogi-solaire]
El 11 de mayo de 2010, el diario Ouest-France publicó un artículo sobre Prahlad Jani, un yogui indio que aseguraba que podía vivir 70 años sin beber ni comer. Con el fin de probar la seriedad de tal afirmación se mencionaba un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores y médicos que habían vigilado al sujeto durante 24 horas al día a lo largo de dos semanas. El hecho de sobrevivir sin comer dos semanas no tiene nada de imposible; además, el hombre estaba autorizado a bañarse, por lo que tenía acceso al agua. Este trabajo no demuestra absolutamente nada, pero los experimentadores que lo organizaron buscaron explicaciones estrafalarias a la supervivencia del yogui; incluso llegaron a plantear que el individuo aprovechaba directamente la energía solar. Por fortuna, en nuestra época de hipercomunicación es bastante fácil desmentir las informaciones que causan «ruido». Una regla básica ante una afirmación que resulta extraña consiste en indagar si no ha sido refutada. En este caso, se podría escribir en el buscador de la Red: «Prahlad Jani fake». Este tipo de reglas y métodos para valorar la fiabilidad de una información (denominadas mindware por el psicólogo Keith Stanovich), pueden ayudar a desarrollar el pensamiento crítico. [Fuente: www.pseudo-sciences.org/Energies-renouvelables-le-yogi-solaire]

 

Superinteligente y totalmente estúpido

Los psicólogos han identificado dos diferencias fundamentales entre inteligencia y pensamiento crítico. La primera se refiere al nivel de tratamiento de las informaciones. Es decir, el CI se concentra en elementos de «bajo nivel» que constituyen la base del pensamiento, mientras que el pensamiento crítico requiere competencias cognitivas de «alto nivel». Por ejemplo, cuando leemos el enunciado de un ejercicio, la primera etapa del análisis consiste en la percepción de las letras (tratamiento de bajo nivel). Por el contrario, cuando hemos de responder a la cuestión propuesta, nos apoyamos en múltiples tratamientos preliminares: percepción de las letras, pero también comprensión del texto, búsqueda en la memoria de los métodos que lleven a la solución, etcétera. Es una tarea de alto nivel.

Para medir el CI se utiliza un conjunto de tests referidos, sobre todo, a los procesos de bajo nivel: memoria a corto plazo, velocidad de ejecución de una tarea simple y recuperación en la memoria de conocimientos usuales, entre otros. Por el contrario, en los tests de pensamiento crítico con frecuencia se solicita a los participantes que redacten textos argumentativos, saquen conclusiones lógicas a partir de un relato elaborado, estimen la fiabilidad de las fuentes o expliquen su propio pensamiento. Se trata, pues, de poner de relieve capacidades mentales de alto nivel, más ricas y sofisticadas. El pensamiento crítico es, retomando una definición de la filósofa Elena Pasquinelli y de sus colegas, saber calibrar la confianza que se deposita en una información. Ello implica, entre otras cosas, identificar las hipótesis o los presupuestos de un discurso, evaluar los argumentos y las pruebas, además de elementos que no son directamente tenidos en cuenta por los tests de CI, demasiado genéricos.

La segunda diferencia entre inteligencia y pensamiento crítico radica en que la primera se basa en el razonamien­to, mientras que en el segundo interviene un aspecto psicológico. Tener un pensamiento crítico es un estado mental, casi un rasgo de la personalidad, que engloba el afán de conocer la verdad, la necesidad de disponer de pruebas, la tendencia a imaginar varias explicaciones posibles y una cierta apertura a las ideas contrarias. Es lo que el investigador Kurt Taube denomina «factor de disposición». A partir de una serie de evaluaciones llevadas a cabo en 1995 con 198 personas, este psicólogo demostró que se explican mejor los resultados obtenidos con los tests de pensamiento crítico cuando se integra esta dimensión a la personalidad en lugar de analizar solo las capacidades de razonamiento.

En concreto, los investigadores identificaron tres características principales que promueven el pensamiento crítico: la curiosidad, el deseo de encontrar la verdad y la humildad. En 2004, Jennifer Clifford, de la Universidad Villanova, en Pensilvania, y sus colaboradores midieron de manera conjunta el CI, el pensamiento crítico y la personalidad de los una serie de personas. Hallaron una relación entre la apertura a las experiencias (rasgo de la personalidad que incluye la curiosidad y el afán por conocer cosas nuevas) y la puntuación del pensamiento crítico. ¡Y ello sin que importara el CI! Con otras palabras: usted puede ser poco inteligente pero estar dotado de un buen pensamiento crítico. Numerosos estudios, basados en un diseño similar, subrayan, asimismo, la importancia de este rasgo de la personalidad.

Más allá de la curiosidad, el ejercicio del pensamiento crítico, al exigir cierto esfuerzo intelectual, solo sucederá si la persona se centra en la búsqueda de la verdad. Se puede ser capaz de actuar con gran rigor, pero no poner en práctica esta capacidad a diario. En 2009, Kelly Ku e Irene Ho, de la Universidad de Hong Kong, valoraron el pensamiento crítico de 137 personas que habían sido interrogadas sobre su interés por la verdad a través de un cuestionario diseñado para ello. Por ejemplo, debían indicar su grado de acuerdo con cuestiones como: «Las soluciones correctas a los problemas deben ser determinadas por personas en función de la autoridad que tengan» o «La diversidad de puntos de vista crea confusión en vez de ayudar a clarificar las cosas». Cuanto más revelaba este test el deseo por la verdad (si se respondía, por ejemplo, que la autoridad sola no es suficiente para asegurar la pertinencia de una solución, o que la diversidad de puntos de vista no puede dañar la verdad, si es que existe), más aumentaba la puntuación de pensamiento crítico.

Si se da una vuelta por las redes sociales para curiosear sobre el debate en torno a la homeopatía, se percibe la potencia de este factor. Se hallarán numerosos comentarios del tipo: «No me importan los estudios. La homeopatía me parece bien. Creo en ella, y punto». Esta postura no es necesariamente la de una persona superficial o modestamente inteligente: revela, simplemente, una forma de estar con el mundo. Para algunas personas, la decisión de creer no es algo absurdo, porque en el fondo la verdad no les importa. Otras, en cambio, la aprecian y, en consecuencia, manifiestan una cierta «vigilancia epistémica» buscando pruebas en la medida de lo posible. Se trata de una de las bases del pensamiento crítico, independiente del CI. Se pueden desear pruebas, incluso si los medios disponibles para obtenerlas son limitados; y a la inversa, se puede estar muy capacitado para encontrar pruebas, pero no tener un deseo desmesurado de conseguirlas.

Finalmente, la humildad intelectual figura en lo alto de los factores que favorecen el pensamiento crítico. A quienes les falta, manifiestan una rigidez mental; ante pruebas adversas, no cambian jamás de opinión. Todo lo contrario que Mark Lynas, ambientalista y antiguo activista contra los transgénicos y ahora defensor de los cultivos genéticamente modificados. Después de sopesar ciertos aspectos científicos, renegó públicamente de sus afirmaciones iniciales. Se esté o no de acuerdo con él, debe reconocerse su modestia y coraje: para pensar de forma crítica se necesita dudar de sí mismo, no solo de los demás, y en ocasiones admitir que se está equivocado.

Entonces, ¿es la necesidad de ser «más inteligentes que los otros» lo que lleva a un médico como Montagnier a rechazar las vacunas o a un académico como Courtillot a negar el cambio climático? Solo ellos lo saben, o tal vez no, puesto que tal necesidad rara vez es consciente. Pero una cosa es segura: la ausencia de una o varias de las mencionadas características de la personalidad (apertura, ansia de verdad, humildad) puede desembocar en conductas irracionales en individuos con mentes muy ágiles.

Enseñar el pensamiento crítico

¿Cómo se puede desarrollar el pensamiento crítico? Parece difícil actuar sobre la personalidad, aunque no es imposible: las intervenciones tempranas pueden convertir a los niños en más curiosos, humildes y abiertos a los demás y, en consecuencia, desarrollar pensamiento crítico. Son las asociadas a la llamada inteligencia cristalizada, también conocida como «saberes adquiridos». Ello explica que las puntuaciones en los tests de pensamiento crítico aumenten con la edad: a medida que se envejece, se desarrolla la capacidad de argumentar, se aprende a desconfiar de ciertas cosas, se graban nuevas experiencias en la memoria, etcétera.

Para progresar en los procesos cognitivos de alto nivel, una palanca importante es desarrollar el mindware, según define el psicólogo Keith Stanovich. Se trata de un conjunto de reglas y métodos que se utilizan para contestar a una pregunta o valorar la fiabilidad de una información. Una parte de estas reglas son puramente lógicas (como «un ejemplo aislado no permite establecer una ley general»), pero otras son más prácticas («frente a una información llamativa encontrada en Internet es necesario verificar que no proceda de un sitio paródico»).

Por otra parte, aprender a reconocer situaciones de riesgo resulta un elemento clave para una buena defensa intelectual. En ciertos casos, ello se ejecuta de forma más o menos automática, sobre todo si la información parece inverosímil. Pero podemos ir más lejos educando el sistema de alerta interna que nos indica la necesidad de realizar algunas verificaciones. Por ejemplo, debemos ser cautelosos ante las informaciones que implican un riesgo grave pero poco probable para nuestra salud: por muy inteligente que sea nuestra intuición, exagerará el peligro. Así, cuando se leen los efectos secundarios en el prospecto de un medicamento que se está tomado, de pronto, se piensa que la propia salud está en peligro; incluso si la probabilidad del efecto nocivo es mínima. Antes de dejar de consumir ese fármaco es preferible tomarse un tiempo para profundizar en ese razonamiento y pensar en los riesgos y beneficios de su consumo.

Aceptar que no se sabe

Sin embargo, esta etapa de verificación y profundización ulterior puede resultar delicada: tal vez no solo se apoya en una experiencia elevada, sino también en las facultades cognitivas dependientes del CI que se sabe que son relativamente poco sensibles a la educación. Tal vez es necesario aceptar que ciertos problemas y determinadas evaluaciones de la información siempre nos serán inaccesibles porque son demasiado complejos. ¡Qué importa! Saber que no se sabe supone un gran paso hacia el pensamiento crítico. Y, si es necesario, existen otras estrategias que nos permiten sortear las propias limitaciones: identificar las fuentes de información fiables y remitirse al juicio de expertos —en el caso del calentamiento global, por ejemplo, es fácil observar que el consenso científico es abrumador, incluso cuando algunas personas adopten una posición marginal—.

En todo caso, desarrollar el pensamiento crítico vale la pena, puesto que las capacidades de razonamiento de alto nivel que ello implica son transferibles a muchas áreas. Según un estudio dirigido por Heather Butler, de la Universidad de Claremont en California, un pensamiento crítico y agudo se asocia con una menor frecuencia de acontecimientos negativos en la vida (perder el trabajo al cabo de una semana de iniciarlo, comprar ropa y no usarla, ser acusado de provocar un accidente de tráfico, etcétera). Asimismo, parece favorecer mejores decisiones.

Para ilustrar los reveses a los que conduce la falta de pensamiento crítico en la vida diaria, Butler cita el ejemplo de los consumidores que en su día compraron zapatillas de baloncesto Reebok atraídos por una publicidad que anunciaba que dicho calzado «tonifica los glúteos hasta un 28 por ciento más que las zapatillas de baloncesto ordinarias, simplemente marchando con ellas». Los compradores recibieron una indemnización por parte de los fabricantes después de que un estudio del Consejo Estadounidense del Ejercicio (asociación que se dedica a difundir las prácticas deportivas que benefician la salud), desmintiera tal afirmación. Pero ¿no hubiera sido mejor que los usuarios pensaran un poco más para evitar el engaño?

El pensamiento crítico también se relaciona con un mejor rendimiento académico, como demuestra un metanálisis llevado a cabo en 2017 por Carl Fong y sus colegas de la Universidad Estatal de Texas a partir de 23 estudios y un total de 8233 participantes. Otros trabajos sugieren que el pensamiento crítico conduce a una mayor eficiencia en ciertas ocupaciones que requieren habilidades analíticas. La investigadora Sara Elson y sus colegas constataron tal suposición en 2018 en un estudio con empleados de varios departamentos gubernamentales.

En resumen, el desarrollo del pensamiento crítico no es solo una necesidad social impuesta por la explosión de las noticias falsas (fake news) y rumores perjudiciales, sino que también es un camino hacia el éxito personal y profesional.

 

PARA SABER MÁS

On the relative independence of thinking biases and cogitive ability. K.E. Stanovich y R.F. West en Journal of Personality and Social Psychology, vol. 94, n.º 4, págs. 672-695, 2008.

A longitudinal study on enhancing critical thinking and reading comprehension in Title I classrooms. J. VanTassel-­Baska et al. en Journal for the Education of the Gifted, vol. 33, n.º 1, págs. 7-37, 2009.

A meta-analysis on critical thinking and community college student achievement. C. J. Fong et al. en Thinking Skills and Creativity, vol. 26, págs. 71-83, 2017.

Des têtes bien faites. Défense de l’esprit critique. Nicolas Gauvrit y Sylvain Delouvée. Prensa Universitaria de Francia (PUF), 2019.



AUTORES: Éléonore Mariette Nicolas Gauvrit

sábado, 7 de septiembre de 2019

Pseudociencia impune

Los poderes públicos deben perseguir las terapias sin fundamento científico que ponen el riesgo la vida de los pacientes

domingo, 11 de marzo de 2018

El Psicoanálisis vaya timo...

Todos hemos visto películas en las que un señor/a con algún tipo de padecimiento indeterminado acude a la consulta de otro señor/a, se sienta en un diván y habla durante una o dos horas mientras el terapeuta, con gesto serio, hace anotaciones y alguna pregunta corta mientras muerde las gafas coquetamente. Y es que esa es la metodología básica de esta práctica pseudoterapeutica, la ‘asociación libre’. Esto es, hablar lo primero que le venga a uno a la cabeza frente a alguien que toma la posición de Dios -su silencio, sobre todo- y que decide cuándo estamos enfermos y cuándo sanos.
Antes de comenzar a analizar si es psicoanálisis sirve para algo, o si constituye realmente parte del corpus de conocimiento científico, quisiera hacer algunos comentarios preliminares.
El concepto de placebo es bastante sencillo de explicar en el caso de fármacos o para dolencias que presentan una etiología fisiológica bien definida. Cuando se contrasta la eficacia de un fármaco en una prueba de doble ciego -y así suele hacerse, sobre todo en modelos animales- uno de los grupos es evaluado con la administración de algo que luce exactamente igual que el fármaco, pero que no contiene el principio activo. En el caso de terapias que no emplean fármacos, el proceso es el mismo. Aunque en este último caso se emplean desde asiáticos que no tienen ni idea de hacer acupuntura, hasta masajistas que se hacen pasar por reflexólogos.
No hemos de olvidar que el efecto placebo es un fenómeno real, estudiado y explicado por la ciencia. Un placebo habitual supone una reducción de la percepción de los síntomas -que no necesariamente su remisión-, y normalmente tiene lugar por efecto de la liberación de opioides endógenos o de descargas de dopamina ante el horizonte de expectativas de ser curado. Recordemos que la administración de un fármaco, si se hace bien, ya incluye el placebo, pero a su efecto se le suma el del principio activo que contiene.
La psicología es una ciencia especialmente difícil, y con el tema de los placebos no iba a ser diferente. Realmente cuando decimos ‘placebo’ en psicología estamos haciéndolo metafóricamente, dado que no se trata del mismo proceso al que estamos habituados en otros casos. Aquí no nos referimos específicamente a la liberación de ningún neurotransmisor, sino a la sensación de estar siendo ayudado por alguien. Todo psicoterapeuta -o supuesto psicoterapeuta- tiene ya de entrada ganado el efecto placebo, al igual que lo tiene un amigo que nos eche una mano y nos escuche. Pero en este caso para probar la efectividad real de un tratamiento psicológico debemos evaluar que la técnica específica que emplea el terapeuta suponga un aumento en la efectividad de la terapia por encima de lo que puede hacer nuestros bienintencionado amigo.
¿Qué es esa cosa llamada psicoanálisis?
El psicoanálisis fue inventado por Sigmund Freud entre finales del XIX y principios del XX. Freud estuvo bajo la influencia de Charcot y sus estudios sobre la histeria empleando hipnosis, y de Breuer y su método catártico. El psiconálisis ha sido desde sus orígenes tanto un modelo teórico que pretende explicar el funcionamiento de la mente humana como un tipo de psicoterapia basada en ese modelo. Pese a la enorme cantidad de diversas ramas, grupos y derivaciones que existen entre sus adeptos, el núcleo duro sigue siendo el mismo desde su fase inaugural de la mano de Freud.
El psicoanálisis se basa en dos ideas que son bastante simples, aunque sean capaces de enredarlas hasta niveles extremos -y si no me creéis os animo a mirar alguno de los libros de Lacan, especialmente esos textos logorreicos en los que habla de la topología de los penes sin ton ni son, haciendo llorar a cualquier matemático competente.
La primera idea es que hay tres estratos diferentes dentro de la mente: el consciente, el preconsciente y el inconsciente. Todos entendemos intuitivamente que hay cosas de las que somos conscientes, cosas de las que no, pero de las que podríamos serlo eventualmente, y otros eventos mentales de los que simplemente no nos percatamos. Hasta ahí todo bien, Freud tenía razón, como cualquier niño que piense sobre este tema un rato también lo tendría. Aunque luego veremos que la forma que tiene Freud de caracterizar el contenido del inconsciente es el árbol que creció torcido en el psicoanálisis desde el principio.
La segunda idea básica intenta explicar la personalidad de las personas. Para ello habrían tres niveles de análisis: el Yo, el Ello y el Superyó. El Ello sería la base del individuo, la parte más antigua y fundamental. Su naturaleza es inconsciente, y está formado por los pensamientos, deseos y ‘pulsiones’ -palabra que no tiene ningún sentido científico, unicamente filosófico- que estarían en lo más profundo de nosotros -y no hablamos exactamente de comer o de tocarnos con la lengua esa heridita del labio, aquí hemos venido a hablar de sexo. El Ello sería una especie de ser libre ajeno a las consecuencias de sus acciones. El niño caprichoso e individualista que viviría en todos nosotros.
El Superyó sería el reverso tenebroso del Ello. Las normal morales y las reglas sociales que pondrían freno a sus apetencias descarriadas. El Superyó sería construido por la sociedad, la cultura, la educación, la familia, etc., y básicamente es represivo. Finalmente tenemos al Yo, que constituye la parte consciente de nosotros. El Yo sería la imagen que proyectamos tanto para los demás como para nosotros mismos. Sería, básicamente, el Ello pasado por el filtro del Superyó.
Hasta aquí todo es bastante simplón, pero la fiesta viene ahora con lo que construye Freud sobre este modelo de la naturaleza de la mente. Como hemos visto, estaríamos formados por tres niveles diferentes, aunque estos niveles no conformarían una unidad que trabaja de forma articulada. Al contrario, vivirían en continua guerra. El Ello y el Superyó se llevan a matar. El Yo no sabe ni que existe el Ello y a veces no es conciente de las consecuencias del Superyó. El Superyó tiene que reprimir al caprichoso Ello, que es una especie de homúnculo que lucha por salir a la superficie de la conciencia. Un duendecillo maligno que nos dice que quememos cosas.
Y eso último sería la causa de los trastornos mentales: la represión -término robado de la física, que comienza esa larga tradición psicoanalítica de descontextualizar el vocabulario científico. Un enfermo mental sería un individuo cuyo Ello no para de molestar, con un Yo que se escandaliza y recurre a mecanismos de defensa para no ver su propia realidad. Esto puede pasar tanto porque el Superyó es demasiado dictatorial o porque no hemos tenido un desarrollo correcto. Y lo que entienden los psicoanalistas por un “desarrollo correcto” incluye una correcta superación del complejo de Edipo/Electra, que la envidia de pene no nos corroa, el buen discurrir de las diferentes etapas de desarrollo sexual del niño, etc. Sí, todo sexo. Y además todo de una sexualidad barroca que da una mezcla de risa y asco.
¿Qué hay de malo en el psicoanálisis?
El psicoanálisis tiene un buen montón de afirmaciones básicas refutadas, carentes de contrastación o dignas de libros de ciencia ficción. Para analizarlas voy a partirlo por la mitad, analizándolo primero como modelo y después como terapia.
1) Como modelo de la mente
Los filósofos de la ciencia se han pasado los últimos cien años analizando cómo funciona la ciencia desde un punto de vista lógico y metodológico. En este sentido, es extremadamente usual que sea la filosofía la primera en llegar a los sitios, generando modelos abstractos, puramente teóricos, que después son contrastados por los científicos experimentales. Incluso es sano que se trabaje durante un tiempo de espaldas a los datos a fin de mejorar el modelo hasta que este pueda resistir contrastaciones sofisticadas. Pero lo que pasa con el psicoanálisis es simple y llanamente intolerable desde un punto de vista científico: lleva 120 años fingiendo ser una ciencia y a la vez negándose a someterse al tribunal de la evidencia.
El psicoanálisis es una idea filosófica, en ningún caso científica. Es un modelo que se sostiene de forma puramente dogmática, y cuyos adeptos comparten más con los de una secta que con los de un programa científico de investigación. Los avances y cambios de escuelas se basan en seguir al iluminado de turno de forma acrítica -“yo soy junguiano, lacaniano, etc.”. Esto explicaría en buena medida el porqué de la deriva al oscurantismo lingüístico y el actual aislamiento de los psicoanalistas respecto a la comunidad científica.
El primer problema del modelo es que no habla del cerebro, ni lo menciona ni lo contempla. ‘Mente’ es un término metafórico que empleamos para referirnos a las funciones superiores del encéfalo. Realmente es el cerebro funcionando. De hecho, no es ni eso. La mente es más bien la forma que tenemos de ordenar, entender, predecir y unificar los comportamientos que observamos en los demás. Está, en este sentido, en el ojo del observador, y así es como emerge de la actividad de nuestro cerebro. El modelo psicoanalista niega esto y es profundamente dualista, suponiendo que la mente no es física y, por lo tanto, que es ajena al dominio de la investigación científica -habría que preguntarse entonces cómo saben ellos tanto sobre ella y en qué se diferencian de un profeta. El psicoanálisis, es, entonces metafísico.
Los otros dos grandes problemas del psicoanálisis los pusieron de relevancia Popper y Grünbaum. Popper hizo hincapié en el carácter no falsable de muchas de las afirmaciones de los psicoanalistas. Por ejemplo, el complejo de Edipo. Para empezar, este complejo es inviable evolutivamente. ¿Qué ventaja evolutiva tendría que todos los niños de una especie tuvieran el impulso de retar a un macho adulto que les supera  5 o 6 veces en tamaño? ¿Poder copular con una hembra con un nivel altísimo de homocigosis dejando una descendencia en alta probabilidad no eficaz? Es también una aberración desde el punto de vista de la neurociencia, ya que el hipotálamo de los niños madura en la pubertad, lo cual les impide tener esa supuesta vida sexual activa. Todos estos problemas, claro, los solventan los psicoanalistas apelando a que la mente no es el cerebro y escapando por la vía metafísica.
Pero, volviendo a Popper, aún si nos encontramos con algún psicoanalista más o menos sensato que quiera investigar el complejo empíricamente, sería imposible hacerlo por razones lógicas. Si todos tenemos complejo de Edipo, entonces todos tendremos que desarrollar los síntomas. Pero, y aquí viene el truco, si no los desarrollamos, entonces es porque los estamos reprimiendo a través de un mecanismo de defensa. La casa siempre gana. Por ello el psicoanálisis sería infalsable y una hipótesis científica siempre ha de poder ser refutada, “ofrecer el cuello”. Pese a que el criterio de falsabilidad no es una maravilla como criterio de demarcación en este caso funciona bastante bien.
La última pega, por si no fuera suficiente con las anteriores, que apuntó Grünbaum y que es muy popular hoy en día, apela a que las partes del psicoanálisis que se exponen a la investigación seria, y que constituyen implicaciones contrastadoras de la teoría, simple y llanamente han sido refutadas por la neurociencia y la psicología científica. Es un modelo que debemos desechar porque es falso y no casa con la evidencia disponible, sin más. Ya he mencionado los problemas de explicación biológica que acarrea el complejo de Edipo, pero no acaba ahí la cosa. Las fases del desarrollo sexual del niño que postula el psicoanálisis no se parecen ni remotamente a lo que pasa en la realidad, las mujeres no se sienten incompletas por no tener pene -ojo con las toneladas de misoginia que contiene-, los recuerdos reprimidos son ciencia ficción, y uno parece que puede llevarse bastante bien con su padre si este es un buen tipo.
Además, las investigaciones llevadas a cabo con el modelo psicoanalítico suelen concluir en cantidades industriales de tonterías -para más información puede usted leerse los análisis de Bettelheim de los cuentos de hadas, le garantizo una tarde de carcajadas.



2) Como terapia
Si la base de la terapia psicoanalítica es su modelo de explicación de la mente, y el modelo es una basura de semejante calibre, entonces imagínese usted cómo va a ser la terapia. He comenzado este texto con la explicación de lo que es un placebo en psicología para que esta afirmación sea plenamente comprensible: el psicoanálisis, en los cientos y cientos de veces que ha sido testado como terapia, nunca ha mostrado mayor efectividad que la de un placebo. Ir al psicoanalista es igual de efectivo que ir a hablar con un amigo. Es más, como veremos en lo siguiente, puede ser incluso peor. Por lo menos nuestros amigos nos van a decir cosas bonitas, mientras que nuestro psicoanalista nos va a estar hablando de penes, de lo mucho que deseamos a nuestras hermanas y otras barbaridades que ni vamos a entender como nos encontremos con un lacaniano.
Por ejemplo, para la fobia el tratamiento con desensibilización sistemática da resultados muy por encima del placebo, y dura sólo un par de meses. Si uno tiene ansiedad, el método de relajación de Jacobson es bastante eficaz, y es lo que haremos con un psicólogo serio -quizás analicemos el foco de nuestro problema brevemente, a fin simplemente de comprenderlo. Un psicoanalista no nos va a curar nada. Lo que hará será atarnos durante años a un pseudoterapeuta sacacuartos que no tiene ni idea de lo que nos pasa y que sigue ideas descabelladas de hace 120 años. Quizás la fobia se acabe pasando sola y él se colgará la medalla, claro está.
Hemos visto ya tres problemas: no cura, nos hace malgastar dinero y perdemos nuestro tiempo. Esto genera malestar y no mejora nuestra salud, pero el psicoanálisis es también capaz de empeorarla considerablemente. Hay dos mecanismos por los cuales puede generarnos un problema por sí mismo. El primero son los falsos recuerdos. La memoria es frágil y altamente manipulable. El psicoanalista es una persona que ejerce una alta autoridad sobre el paciente, y que tiene por ello el poder de confundirlo y distorsionar sus recuerdos, incluso poniendo en su memoria cosas que nunca han pasado -recordemos que la gente que acude al psicoanalista lo hace porque se encuentra en un momento de alta vulnerabilidad. Tenemos sólo una copia de cada recuerdo, almacenada en la corteza cerebral e indexada en el hipocampo. Cada vez que los pedimos para analizarlos podemos modificarlos, perdiendo la copia original sin ser conscientes de los cambios realizados. Los falsos recuerdos son muy comunes y cualquier persona con algo de entrenamiento puede generarlos.
Cabe remarcar que los recuerdos reprimidos no han sido nunca contrastados empíricamente. En momentos de fuerte estrés agudo los glucocorticoides no permiten la potenciación a largo plazo, es decir, la generación de memorias a largo plazo. Cuando reconstruimos la fuente de nuestro problema -que podemos perfectamente no tener almacenada en el cerebro, aunque la memoria emocional sí haya respondido- y somos sugestionados por el psicoanalista, creamos un recuerdo falso.
Ha sido bastante común en pacientes de psicoanalistas la aparición de estos recuerdos inventados. Violaciones donde nunca las ha habido, deseo sexual por una madre sacado de la chistera, etc. Hay incluso una gran cantidad de plataformas de afectados de falsos recuerdos que reclaman responsabilidades legales a los psicoanalistas. Os pongo un ejemplo. Freud tuvo como paciente -soy fanático de las historias clínicas de Freud- a un niño que tenía un miedo atroz a los caballos, tan habituales en la Viena de los 20′. Como no podía ser de otra manera, la explicación que le dio Freud al miedo fue que el enorme pene del animal le recordaba al de su padre, obviando totalmente que el niño había presenciado un accidente de carros tirados por caballos.
Parece un buen ejemplo del dogmatismo psicoanalista basado en tratar de hacer encajar el mundo en el modelo reduccionista que manejan, pero la cosa va más allá. El niño tuvo que cargar con la vergüenza del diagnóstico, los padres se debieron haber horrorizado de los retorcidos pensamientos de su hijo, y es posible que, en un afán de dotar de sentido al acontecimiento, el niño buscara desesperadamente las razones de tanto odio a su padre, aunque el pobre no haya hecho nada.
Hay otra vía por la que puede ser dañino el psicoanálisis, muy común en el mundo de la pseudociencia: la evasión de tratamiento. Os cuento otra historia de Freud para ilustrar la idea, una que de verdad da rabia. Trató en una ocasión a una mujer, Dora, que tenía un dolor insoportable en la zona abdominal, cojeaba de la pierna derecha y respiraba con dificultad. Freud atribuyó sus síntomas, respectivamente, a un embarazo psicológico, al haber dado un paso en falso con ese embarazo y al haber escuchado la respiración de su padre mientras tenía sexo. Lo lamentable de la historia es que mientras Freud hacía sus divagaciones lisérgicas sobre su “inconfundible histeria”, Dora perdía el tiempo y seguía desarrollando el cáncer abdominal que la condujo a la muerte -por cierto, Freud atribuyó a la histeria la generación del tumor, ¿o creías que iba a admitir su error?
Pseudociencia triunfante
Lo más frustrante del psicoanálisis es que es un caso claro de pseudociencia triunfante, al igual que la acupuntura o la homeopatía. El colectivo de psicoanalistas penetra con facilidad en las instituciones, especialmente en las universidades, donde los pobres alumnos de psicología muchas veces tienen que soportarlos estupefactos. En el imaginario colectivo es considerada una rama de la psicología como cualquier otra, y la gente no es capaz de diferenciar entre los rótulos de ‘psicólogo’, ‘psicólogo clínico’, ‘psicoanalista’ o ‘psicoterapeuta’. Todo acaba siendo lo mismo y generando mucha confusión. Posiblemente un nivel de confusión ya irrecuperable en el corto plazo. Cabe decir que los psicólogos legalmente habilitados para trabajar en contextos sanitarios son los psicólogos sanitarios o clínicos. Los psicoanalistas ni son ni pueden ser psicólogos sanitarios, ya que aplicar el psicoanálisis viola el código deontológico del psicólogos al tratarse de una práctica no validada científicamente.
El problema se hace aún mayor cuando otros académicos mediocres, como algunos filósofos o historiadores, buscan refugio en el inmerecido respeto del que goza el psicoanálisis. Muy comunes son los trabajos que apelan a conceptos psicoanalíticos o al “ya lo dijo Freud” -que no es más que un sesgo de confirmación. Por si fuera poco en los últimos años, de forma incomprensible e irresponsable, algunos afamados neurocientíficos como Kandel o Damasio han hecho declaraciones favorables al psicoanálisis. -perdiendo todo mi respeto y ganándose todas mis sospechas, por cierto. Si a esto le sumamos que los colegios de psicólogos no están por la labor de plantar cara podemos darnos cuenta de la gravedad de la situación.
Hay una enorme cantidad de psicólogos serios y profesionales que podrán ayudarlo a superar sus problemas. Es más, le animo a acudir a ellos ya que la salud mental es muy importante y debe ser una prioridad en la vida. Pero huya de los psicoanalistas, por favor. Como espero haber argumentado en estas líneas, sólo va a malgastar su tiempo y su dinero. Como primera criba pida siempre las credenciales del psicólogo al que acuda -títulos, colegiatura, etc.-, sospeche cuando le hable de conceptos que haya leído aquí o de otros como constelaciones familiares, y pida siempre que le enseñen los estudios serios que avalen el tratamiento que va a recibir.

sábado, 17 de junio de 2017

¿Por qué combatir charlatanes?



Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en 
Milenio Diario, 15 de junio de 2011



Varios lectores me hicieron notar que últimamente he abordado en este espacio temas que parecen más quejas que “ciencia por gusto”, en particular cuando combato las tonterías seudocientíficas que muchos charlatanes difunden como si fueran hechos.

Tienen razón, en parte. El título de esta columna promete compartir el gozo de la ciencia, la “experiencia científica”, afín a la experiencia estética que nos producen las obras de arte, pero que antes pasa necesariamente por la razón. El asombro que nos produce la imagen que la ciencia nos da del mundo que nos rodea es siempre el asombro de entender… y luego maravillarse por lo que se ha entendido.

Pero en el mundo no todo es gozo, y la ciencia también tiene sus aspectos odiosos… sobre todo la falsa ciencia. Basta con ver la cantidad de productos milagro que se ofrecen por televisión para darse una idea de cuántos charlatanes se hacen ricos aprovechándose de la credulidad y buena fe de un público que está en una posición desventajosa para darse cuenta siquiera de que se está insultando su inteligencia.

Mis dos anti-favoritos actuales son las pulseras con holograma (Power Balance y demás) que ofrecen aumentar la fuerza física, mejorar el equilibrio e incrementar el bienestar general (además de feas y de que la misma idea es tonta, son un fraude descarado) y la nueva crema “Teatrical células madre”®, de Genomma Labs (empresa que se caracteriza por prometer cosas inverosímiles), que supuestamente “contribuye a la protección del ADN y retrasa el envejecimiento anticipado de la piel favoreciendo los mecanismos naturales para su regeneración” (si uno revisa la letra chiquita de la etiqueta, la crema dice contener, efectivamente, células madre… ¡de manzana! A menos que quiera uno tener cutis de fruta, la simple idea resulta absurda). 

Pero más allá de la falta de respeto y el engaño burdo, los charlatanes tienen un efecto nocivo en la sociedad: fomentan la credulidad, la tendencia a creer cosas sin fundamento. Y una vez abierta la puerta de la creencia acrítica, pueden colarse por ella ideas realmente peligrosas, como la de el VIH-sida no es contagioso o la de que un aparatito con una antena puede “detectar” moléculas de droga o explosivos. Es cuestión de tiempo para que el fraudulento "detector molecular" GT-200, usado por las fuerzas armadas de México en el combate al narco, produzca un accidente grave. Por el momento, al señalar azarosamente, han provocado numerosas violaciones a los derechos humanos de ciudadanos inocentes, que son registrados y hostigados inútilmente.

Sí: las charlatanerías dañan. Vale la pena combatirlas, aunque no siempre sea agradable.

lunes, 28 de marzo de 2016

Universidad Autónoma de Querétaro promueve las Pseudomedicinas

Consternación en la comunidad científica y académica se ha producido debido a que la Universidad Autónoma de Querétaro promociona un diplomado en "terapéutica alternativa", este diplomado se promueve en la cuenta de Facebook de la citada universidad; incluye temas tan rocambolescos como: Iridología, biomagnetismo, técnicas emocionales, cromoterapia etc. Uno esperaría que estas pseudomedicinas se analizaran desde un punto de vista crítico, para que el público en general conozca la ineficacia, y en muchas ocasiones peligrosidad, de estas practicas, pero lejos de ello la UAQ lo promueve como disciplinas válidas a pesar de que ninguna de dichas materias ha demostrado que funcione (en ensayos bien controlados), al contrario, se ha demostrado que no funcionan.



Esto es particularmente triste pues una institución que debería estar volcada a la generación, y difusión, de ciencia, cultura, malgasta los recursos PÚBLICOS. 
Aunque de cierto modo es un reflejo de la tremenda ignorancia que aqueja al grueso de la población; misma que viendo que una universidad le da el aval a estas pseudociencias piensan que ya por ello son ciertas (falacia del argumento a la autoridad).

Como comentan, con sarcasmo e ironía, varios usuarios de las redes sociales, la Universidad Autónoma de Querétaro no tarda en promover cursos de médico brujo y predecir el futuro con la lectura de las manos y la escatomancia...